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El desayuno de los campeones

El desayuno de los campeones

Antes del colegio, cuando el mundo aún olía a pan tostado y no había correos urgentes ni móviles que vibraran sin parar, estaba ese momento sagrado: el desayuno.
Un tazón grande de Cola Cao (con grumos, claro), las galletas María flotando como náufragas, y mamá o papá diciéndote que te dieras prisa, que se hacía tarde.

Afuera, el frío se colaba por las rendijas, pero dentro todo estaba bien. Ese primer sorbo caliente sabía a casa, a rutina buena, a infancia sin filtros.
Y tú, con el jersey del uniforme medio puesto y los calcetines altos (aunque uno siempre más caído que el otro), te sentías listo para conquistar el día.