Para toda una generación de niños que fue al colegio en los años 70 y 80, pocas cosas evocan tantos recuerdos como abrir un estuche Pelikan. No era solo un objeto escolar: era un pequeño universo de colores, olores y texturas que nos acompañaba cada día en clase, en los deberes… y en los recreos, donde también servía para intercambiar lápices, presumir de rotuladores nuevos o guardar pequeños tesoros.
Uno de los modelos más icónicos fue este estuche naranja con cremallera diagonal, decorado con motivos espaciales —astronautas, cohetes y estrellas— que nos hacían soñar con mundos lejanos mientras garabateábamos en la libreta cuadriculada. Su interior, perfectamente organizado, albergaba una colección de lápices de colores, rotuladores, goma, sacapuntas, pegamento de barra y hasta un pequeño horario escolar, cuidadosamente sujetos con gomas blancas. Todo tenía su sitio. Todo estaba pensado para durar.
Los lápices “Escolar Cedro” de Pelikan, con sus cuerpos de madera robusta y sus colores intensos, eran prácticamente indestructibles. Y los rotuladores, con su característico capuchón blanco, llenaban de color cualquier cuaderno… aunque a menudo acabaran decorando también manos, mochilas y hasta la bata del colegio.
Y si algo lo hacía aún más especial, era ese pequeño globo terráqueo hinchable que se escondía dentro de la cremallera. Un detalle inesperado que, al inflarlo, nos hacía sentir que el mundo entero cabía en nuestras manos. Porque sí, incluso en eso pensaba Pelikan: en alimentar la imaginación más allá del papel.
Hoy, ver uno de estos estuches es mucho más que recordar el material escolar. Es reencontrarse con una parte de nuestra infancia, con una época sin pantallas ni dispositivos, en la que todo lo que necesitábamos para aprender cabía en una mochila, una libreta y un estuche como este.
Y aunque hoy los escolares utilicen tabletas y ordenadores, y los estuches hayan cambiado de forma y contenido, aquellos de Pelikan siguen ocupando un lugar especial en la memoria de quienes crecimos con ellos.
